Al igual que el primer trago de cerveza -ya lo dijo Philippe Delern-, los placeres siempre son más intensos al principio. El contacto con el agua del primer baño. Aquella brisa con aroma de cebada y maíz. El último canto del ruiseñor, canción de cuna con la persiana a media altura -también, grato despertador-. Estos y tantos otros placeres surgen en verano. En resumen, múltiples expectativas de libertad a punto de estallar; píldoras de felicidad que alimentan nuestra existencia.
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Además, ante el agua aparece un potencial infinito al servicio de las emociones lúdicas. Un placer atávico, un reconocimiento a este gran tesoro de la tierra. La fluviofelicidad, un concepto encuñado por Javier Martínez Gil, catedrático de hidrogeología de la Universidad de Zaragoza -uno de los ideólogos de la denominada nueva cultura del agua- marca el camino. La fluviofelicidad se refiere a un placer intenso, perdurable, que se produce al entrar en contacto con el medio fluvial, con el río y todo aquello que le acompaña y comporta: el agua, las riberas, la fauna, su microclima, las tonalidades de las hojas, la actividad en las huertas, etc.
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La fluviofelicidad puede conseguirse nadando en una poza, bajando en kayac por un río, paseando por un antiguo camino de sirga, pescando con el agua al cuello imitando con sedal y cebo el vuelo de la mosca para atraer trucha, cacho o, simplemente, por el único placer de estar allí. Con el carrizal a ambos lados, esperando el "dring" del cascabel o ver hundirse la boya, y el barbo que viene. Al tocarlo y al soltarlo. La fluviofelicidad puede aparecer en soledad o en compañía, a la sombra de un sauce en una playa de río o siguiendo el avance del agua desde un puente. Al observar la evolución de una hilera de patos o ser contemplados por un martinete joven, inmóvil, descaradamente.
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| Al terminar las vacaciones de verano, mucha gente, con las pilas recargadas de tanta calma o estrés sostenible, se encuentra consigo misma -la siesta es una muy buena aproximación a la meditación y ambas una manera de contactar con los dioses…-. La mayoría redescubre la naturaleza: el mar, la montaña, ambas cosas a la vez -da igual, hay agua por todos sitios...-. Vemos demasiados desastres ecológicos y cosas semejantes, de acuerdo, pero disfrutamos de dosis de éxtasis -en mayor o menor grado- al contemplar la naturaleza o contactar con ella. Fantástico. |
| Desgraciadamente, la gente, a excepción de la que se encuentra relacionada con entidades naturalistas, ecologistas, excursionistas, de cazadores o de pescadores, tiene muy pocas conexiones emocionales o vivenciales con los espacios naturales y, en concreto, con los espacios fluviales. Para conservar el medio y mejorarlo -que puede parecer iluso o demasiado atrevido-, sería necesario, en primer lugar, establecer este vínculo. Todas las acciones que se puedan impulsar en este sentido serán un buen fundamento y estímulo para cualquier acción a realizar con connotaciones ambientales. |
| En el musical "Maricel" de la compañía Dagoll Dagom, la protagonista canta: "siempre he pensado y he sentido que el mundo es una maravilla". Cierto, según cómo se mire la botella -hoy vamos a considerarla medio llena-. Ahora, obligados a restaurar la cultura del respeto y la sensibilidad hacia la naturaleza cambiante, es necesario contagiarnos de fluviofelicidad, esta euforia imprescindible para cuidar de nuestros ríos y otras masas de agua y custodiar activamente este valor patrimonial, oferta singular para nuestra calidad de vida. |
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Marc Ordeix i Rigo
marc.ordeix@mitmanlleu.org / marc.ordeix@uvic.cat
Departament de IACA - Escola Politècnica Superior (EPS)
Universitat de Vic (UVIC)
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Adaptación del artículo de la revista "El Ter", sección "Del MIT al Ter"
Manlleu (Osona), 15 de julio de 2007 |
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