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Ahora está en: Inicio / Artículos CAT | ESP    9 de Septiembre de 2010
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Fluviofelicidad

Al igual que el primer trago de cerveza -ya lo dijo Philippe Delern-, los placeres siempre son más intensos al principio. El contacto con el agua del primer baño. Aquella brisa con aroma de cebada y maíz. El último canto del ruiseñor, canción de cuna con la persiana a media altura -también, grato despertador-. Estos y tantos otros placeres surgen en verano. En resumen, múltiples expectativas de libertad a punto de estallar; píldoras de felicidad que alimentan nuestra existencia.

Además, ante el agua aparece un potencial infinito al servicio de las emociones lúdicas. Un placer atávico, un reconocimiento a este gran tesoro de la tierra. La fluviofelicidad, un concepto encuñado por Javier Martínez Gil, catedrático de hidrogeología de la Universidad de Zaragoza -uno de los ideólogos de la denominada nueva cultura del agua- marca el camino. La fluviofelicidad se refiere a un placer intenso, perdurable, que se produce al entrar en contacto con el medio fluvial, con el río y todo aquello que le acompaña y comporta: el agua, las riberas, la fauna, su microclima, las tonalidades de las hojas, la actividad en las huertas, etc.

La fluviofelicidad puede conseguirse nadando en una poza, bajando en kayac por un río, paseando por un antiguo camino de sirga, pescando con el agua al cuello imitando con sedal y cebo el vuelo de la mosca para atraer trucha, cacho o, simplemente, por el único placer de estar allí. Con el carrizal a ambos lados, esperando el "dring" del cascabel o ver hundirse la boya, y el barbo que viene. Al tocarlo y al soltarlo. La fluviofelicidad puede aparecer en soledad o en compañía, a la sombra de un sauce en una playa de río o siguiendo el avance del agua desde un puente. Al observar la evolución de una hilera de patos o ser contemplados por un martinete joven, inmóvil, descaradamente.

Al terminar las vacaciones de verano, mucha gente, con las pilas recargadas de tanta calma o estrés sostenible, se encuentra consigo misma -la siesta es una muy buena aproximación a la meditación y ambas una manera de contactar con los dioses…-. La mayoría redescubre la naturaleza: el mar, la montaña, ambas cosas a la vez -da igual, hay agua por todos sitios...-. Vemos demasiados desastres ecológicos y cosas semejantes, de acuerdo, pero disfrutamos de dosis de éxtasis -en mayor o menor grado- al contemplar la naturaleza o contactar con ella. Fantástico.
Desgraciadamente, la gente, a excepción de la que se encuentra relacionada con entidades naturalistas, ecologistas, excursionistas, de cazadores o de pescadores, tiene muy pocas conexiones emocionales o vivenciales con los espacios naturales y, en concreto, con los espacios fluviales. Para conservar el medio y mejorarlo -que puede parecer iluso o demasiado atrevido-, sería necesario, en primer lugar, establecer este vínculo. Todas las acciones que se puedan impulsar en este sentido serán un buen fundamento y estímulo para cualquier acción a realizar con connotaciones ambientales.
En el musical "Maricel" de la compañía Dagoll Dagom, la protagonista canta: "siempre he pensado y he sentido que el mundo es una maravilla". Cierto, según cómo se mire la botella -hoy vamos a considerarla medio llena-. Ahora, obligados a restaurar la cultura del respeto y la sensibilidad hacia la naturaleza cambiante, es necesario contagiarnos de fluviofelicidad, esta euforia imprescindible para cuidar de nuestros ríos y otras masas de agua y custodiar activamente este valor patrimonial, oferta singular para nuestra calidad de vida.
 
Marc Ordeix i Rigo
marc.ordeix@mitmanlleu.org / marc.ordeix@uvic.cat
Departament de IACA - Escola Politècnica Superior (EPS)
Universitat de Vic (UVIC)

C/ de la Laura, 13. 08500 Vic (Osona).
TEL: 0034 93 881 55 19
http://www.uvic.cat
 
Adaptación del artículo de la revista "El Ter", sección "Del MIT al Ter"
Manlleu (Osona), 15 de julio de 2007
 
 

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